Se acabó de mendigar, de buscar culpables, de apelar a la mala suerte, de desviar la atención hacia los elementos, de cuarenta y cuatro años de negra historia, que tal vez comenzaron un 21 de junio del año triunfal de 1964 con un impagable gol de Marcelino. Hace algún tiempo publiqué una entrada en la que prácticamente sellaba mi divorcio de Luis Aragonés, presagiando, además, un amargo final. Pero este deporte no entiende de presagios y sólo atiende al tiempo y a los goles. Ahora Luis puede reírse a mandíbula batiente de todos los que un buen día nos hicimos un haraquiri con la presunción de llevar razón frente a su terquedad. Bendita terquedad, por cierto. Hoy Luis acaba de dar una lección a más de uno (entre los que me encuentro) que osaron desconfiar de su sabiduría y de su capacidad para abrasar sus crisis profesionales. Hoy se ha puesto un punto y final dorado a la dilatada carrera de un corredor de fondo, cuya soledad parecía sangrar a borbotones, siendo para él una buena razón del ser y el estar al mismo tiempo. Ahora se marcha, dejando el listón en todo lo alto, con su pose agarrulada, sin afeitar como en los días de partido. Su ciclo ha terminado y los listos (como yo) tan sólo tenemos que cambiar aquello del "amargo" por el "dulce" final de Luis Aragonés. Gracias, Luis, por habernos demostrado toda nuestra equivocación, derrochando con excelsa generosidad el tiempo del vino y las rosas. Gracias Luis por este (dulce) final. Tags: Luis Aragonés, España, Fútbol, Campeón de Europa, Selección
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